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DIMISIÓN MINÚSCULA

Compañeros, amigos, amigas, compatriotas, todos, tras una larga espera, por fin he vuelto a tener internet en casa, así que retomaré mi pasatiempo de bloguero y volveré a subir escritos personales, y en esta ocasión traigo para ustedes mi último cuento, el cual se titula DIMISIÓN MINÚSCULA; espero que sea de su agrado, y ya saben, si les gusta recomiéndenlo y postéenlo en sus cuentas de Facebook y twitter por igual, ciao

DIMISIÓN MINÚSCULA

Hacía más de 3 años que no escribía nada de manera profesional, aún recuerda muy bien la última vez que se enfrentó al monstruo de la hoja en blanco, fue el reportaje que cimbró el interior de la Secretaría de Deporte y Acción Juvenil; más de 120 millones de pesos del erario público desaparecieron de la noche a la mañana para engrosar los ceros en la cuenta bancaria del Licenciado Corcuera.

Sin embargo, y a pesar que tras varios años de luchar contra las humillaciones de todos los que consideraban que el periodismo deportivo era una banalidad, el buen Romualdo Gallegos, contra todo pronóstico, consiguió la nota que lo hizo figurar entre los grandes de la prensa; el buen Romualdo saboreo por algunas horas las mieles del éxito, sin embargo, no supo que esa miel se convertiría en amargura cuando le avisaron que su mejor amigo “el cachetes”, había sido atropellado por una camioneta de la Secretaría de Deporte y Acción Juvenil.

Tras los hechos lamentables de aquel accidente, Romualdo dejó el periodismo, se encerró en su casa por 3 semanas y se arrojó de bruces a las fauces de la depresión; después de ese lapso, el ex periodista decidió salir de su casa y fue al banco a retirar una gran suma de dinero, el cual invirtió en una lenta pero segura tortura a su zona hepática.

Romualdo visitó todas las cantinas de su ciudad adoptiva, conoció todos los teibols y a sus parroquianos, aunque nunca conoció  mujer alguna; recorrió las venas y arterias viales orinando cada una de las esquinas, ya fuera de noche o de día, corrió y pisó heces de perros y humanos, durmió en aceras, bancas, parques y charcos.

Al año y medio su aspecto era deplorable, la calvicie llegó de pronto y se ensañó con él, los dientes decidieron cambiar de residencia y en un banquetazo salieron directo a la coladera de enfrente, y su rostro fungió como papel carbón, pues las grietas del concreto quedaron profundamente calcadas, tanto, que alcanzaron su alma.

Uno de esos tantos días calurosos que abundan en esa ciudad olvidada de la mano y vista de Dios, un señor ufano, de esos que fuman habanos caros y barren a la gente con la mirada, se tropezó accidentalmente con Romualdo, el infortunio no pudo haber sido mayor, pues resultó que aquel señor  engreído y rechoncho, era ni más ni menos que el licenciado Corcuera, pero el destino es sabio y gracias al cambio radical en el aspecto del buen Romualdo, el licenciado no lo reconoció, y se limitó a espetarle algunos elogios disfrazados de insultos dirigidos a la progenitora del vagabundo.

En un momento de lucidez, Romualdo se levantó y reconoció al sujeto panzón que lo había insultado, tomó un sorbo del “culo del mono” como le decía a su pachita de anís y escupió un certero gargajo en el ojo de Corcuera, quien de inmediato lo noqueo con un derechazo y lo pateó hasta que se cansó cuando el cuerpo del teporocho yacía de bruces en el suelo.

Tras aquel accidentado encuentro, y luego de estar postrado 2 semanas en las instalaciones de un hospicio para indigentes, Romualdo decidió que había pasado su etapa de autocompadecencia  y se dirigió al grupo doble A que encontró más cerca.

Al principio le costó trabajo hilar las palabras para autodefinirse como alcohólico, pero una vez que lo consiguió dio testimonio fiel del por qué su adicción:

buenos días, mi nombre es Romualdo y soy alcohólico, mi vida fue como la de muchos de ustedes, crecí como un niño normal, jugué con mis hermanos, con los cuates de la cuadra, fui a la escuela, era medio maleta para las matemáticas y para el español, pero me encantaba el deporte, a gritos y sombrerazos pasé la prepa, y cuando llegó el momento de elegir carrera me decidí por educación física, pues ahí no llevaban ni español ni matemáticas, la verdad es que era muy bueno, pero ah como era molesto eso de hacer planes de estudio, preparar dinámicas y no sé qué tanta jalada, y así fue hasta que un día conocí a un señor en un partido de beisbol, él escuchaba el partido por el radio, el tipo que lo narraba daba pena ajena, y cada que decía una tarugada yo me reía y me  burlaba, hasta que el señor me dijo, uy pues ni que fueras tan bueno, y yo pues que me enchilo y que le digo, pues apaga tu radio y te lo narro, y si te gusta pues me invitas las chelas. Después de la séptima entrada tenia a todos los presentes embobados escuchando mi narración, y hasta comerciales me aventaba, nada más para darle jiribilla al asunto, el punto es que el señor aquel resultó ser encargado del área de máquinas de un periodiquito que se imprimía en un municipio del Estado y me preguntó si quería trabajar escribiendo las notas de deportes, y pues yo con más de 10 chelas encima le dije que sí, y me consiguió una cita con el licenciado Martínez, quien en aquel entonces fungía como jefe de redacción, tuvimos una plática muy amena sobre deportes, pues resultó que él era fanático de la lucha libre y me enseñó una foto de él con el SIERREÑO DE LA SIERRA, total que me puso a prueba por una semana y después me contrató.

Las noticias deportivas a pesar que son las más leídas junto con la nota roja, no son consideradas como relevantes para los periódicos, a menos que sea un evento trascendental como una medalla de oro ganada por un mexicano, o que la selección de futbol ganó o algo así, el punto es que para mis compañeros reporteros yo era un turista, pues no consideraban que mi trabajo valiera la pena, a mí eso me disgustaba y sin saberlo, me refugiaba en mi casa, donde tomaba cervezas con el pretexto de ver los partidos en la tele, y según yo, eso no era ningún problema pues no hacía desfiguros ni molestaba a nadie, pero conforme el tiempo iba transcurriendo, las burlas de mis “colegas” me hacían sentirme más solo, y cada día me refugiaba más en la soledad de mi casa, hasta que un día conocía a Martha.

Ella era una mujer alegre, muy jovial y dicharachera, y a pesar que cubría los eventos de los funcionarios de más alto nivel en varios municipios e inclusive a nivel estatal, era la única compañera que no se burlaba de mí, al contrario, siempre me animó a depurar mi estilo, inclusive me llegó a regalar varias revistas nacionales e internacionales sobre deportes para que yo mejorara mi forma de redactar.

Debo aclarar que siempre nos vimos como amigos, y nunca intentamos nada más, inclusive nos contábamos cosas sobre las personas que nos gustaban, con quien nos gustaría salir y esas cosas, pero como pueden imaginar, yo nunca me atreví a invitar a salir a nadie, pues mi inseguridad era demasiado grande; cierto día Martha llegó corriendo para darme una noticia, una terrible noticia, bueno, terrible desde mi punto de vista, y una excelente noticia para ella, resultó que un periódico de circulación nacional le había ofrecido trabajo en la capital del país para cubrir la fuente de política, en ese momento me sentí muy triste, y a pesar que en mi rostro se dibujó una sonrisa de alegría por la nueva, en mi mente volvió a resurgir el sentimiento de inseguridad ante la vida, pues mi única amiga verdadera se marcharía a la capital.

Después de la celebración y de la despedida de Martha, me volví a sumergir en la soledad de mi casa, hacía mis notas, cubría mis eventos, entregaba mis reportes y me dirigía a mi casa a beber en silencio, y de nueva cuenta creía que no era un alcohólico, pues según yo, no importunaba a nadie y tenía una vida y un trabajo, era productivo y no me metía con nadie; cierto día, mientras revisaba mi correo, me llegó un mensaje de Martha, platicamos sobre cómo nos iba en lo laboral y en lo personal, ella me contó que era muy feliz y que quería compartir su felicidad conmigo, yo, ingenuamente, le pregunté que como, y me dijo que más rápido de lo que canta un gallo tendría la respuesta, al día siguiente, un hombre vestido de color café y con una gorra con orejas de perro tocó a mi puerta y me entregó un pequeño cachorro buldog, yo le dije que no había pedido ningún perro, pero me contestó que la señorita Martha Avilés Fontana, había hecho el pedido por internet y que él solo se limitaba a entregar los pedidos, después de firmar el acuse de recibido me entregó el perro y se fue.

En ese momento no supe que hacer con el perro, por un lado me sentía feliz de que mi amiga Martha me hubiera regalado uno, pero por el otro, sabía que el tener una mascota en mi casa iba a ser sumamente problemático, especialmente de miércoles a domingo, que son los días en que hay mayor actividad deportiva; sin importarle nada al perro, caminó directo a la tele y en el trayecto se topó con una lata de cerveza a medio tomar, y él ni tardo ni perezoso se la bebió.

Después de eso el perro y yo nos hicimos íntimos amigos, lo bauticé como “el cachetes” y sin darme cuenta lo arrastre al alcoholismo,  pues todos los días no bebíamos de dos a tres six de cervezas, y cuando andábamos de buenas una o dos botellas de wisky, sin embargo y a pesar que mi perro ayudó en el mejoramiento de mi autoestima, mis compañeros reporteros seguían denigrando mi trabajo, y para colmo de males, otras dos personas entraron a formar parte del periódico en la sección de deportes, al principio creí que por fin tendría colegas de verdad, gente que valoraría mi trabajo, pero no fue así, por el contrario, ellos decían constantemente que yo era un fracasado, que era inaceptable que tras varios años de trabajar en la sección de deportes aun no fuera jefe de área o que por lo menos hubiera ascendido a otra sección.

Yo vi pasar a esas dos personas de la sección de deportes a la de política y finanzas en un abrir y cerrar de ojos, así que me deprimí aún más, las dosis de cerveza aumentaron, y no solo eso, se combinaron y mezclaron con vodka y tequila, pero eso si, todos los días cumplía con mi trabajo, o al menos eso creí, hasta que un día, el licenciado Martínez, quien para ese entonces ya era el director en jefe, me llamó a su oficina y me leyó la cartilla, me dijo que si en 3 meses no hacía una nota o un reportaje que fuera más allá de los resultados o de los mejoramientos en los espacios deportivos, tendría que buscar otro empleo.

Al principio mi mente derrotista solo veía un futuro, y en él yo estaba desempleado y solo, pero el destino es como la cerveza, si lo agitas te explota en la cara, así que me enfadé y reté a mi suerte, aproveché mi amistad con varios jugadores, presidentes de ligas deportivas, encargados de áreas y espacios deportivos y por supuesto con los trabajadores del municipio y del estado en materia de deporte.

Cuando les digo que el destino es como una cerveza que te explota en la cara es muy cierto, descubrí que el Secretario de Deporte y Acción Juvenil, el Licenciado Mario Corcuera de la Riva, había robado más de 120 millones de pesos del erario público para enriquecerse, la noticia fue una bomba, de la noche a la mañana, yo, Romualdo Gallegos, el insignificante reportero de la sección de deportes, hice caer a un alto funcionario del gobierno estatal.

Mis compañeros periodistas por primera vez me rindieron pleitesía, el Licenciado Martínez me felicitó y me propuso ascenderme a jefe de área, inclusive me llamaron de varios municipios para hacerme cargo de sus oficinas de comunicación social, mi autoestima se fue a las nubes, por algunas semanas mi popularidad creció como la espuma de cerveza, y yo, embriagado de atención dejé de atender a mi mejor amigo, el cachetes resintió mi ausencia, sus ojos comenzaron a opacarse. Cuando llegaba a mi casa él corría a lamerme los zapatos, y yo lo alejé más de una vez, dejé de hablar con él, no lo volví a mimar ni a compartir un sorbo de alcohol, pues en ese momento sentía que el mundo me lo podía comer a puños.

Un viernes, antes de salir al trabajo Martha me llamó para felicitarme, al principio yo estaba muy emocionado y quería contarle como me sentía, sin embargo le conté como a partir de ese reportaje todos los colegas me respetaban y  alardee mucho, la conversación se tornó muy altiva de mi parte, ella me dijo que no me reconocía, pues mis palabras estaba llenas de odio y maldad hacía mis compañeros, yo en un arranque de soberbia le dije a Martha que si ahora también ella estaba del lado de ellos y entre más hablé, más obscura se tornó la plática.

Me ofusqué tanto por la conversación, que le grité a Martha y azoté el teléfono contra la pared, abrí la puerta y me dije a mi mismo que todos eran iguales, que no sabían hacer otra cosa más que buscar mis defectos en lugar de alabarme por mis virtudes, en ese momento el cachetes salió corriendo y yo no le di importancia; esa misma noche antes de apagar mi computadora, el licenciado Martínez me llamó a su oficina para decirme que el Centro de Control Canino había llamado para decir que aproximadamente a las 19:50 horas, un perro de raza buldog con una placa metálica en forma de hueso con el nombre cachetes había sido atropellado por una camioneta de la Secretaría de Deporte y Acción Juvenil, y que el conductor de tal, había llevado al perro al centro, pero que desafortunadamente había fallecido debido a las múltiples facturas y estallamiento de órganos.

En ese momento, mi vida se fue al caño, como les dije, el destino es como una cerveza que te explota en la cara, la efervescencia de la espuma es temporal, y si te la tomas de un trago te puedes ahogar, yo, en mi soberbia, me había atragantado con la espuma y había dejado al único amigo a un lado, ocasionándole la muerte, salí de la oficina y caminé como un zombi, me encerré en mi casa por un buen tiempo y bebí, bebí mucho, después me fui a las cantinas, a los puteros, consumí alcohol de todas y cada una de las vinaterías de esta ciudad insufrible, hasta que hace unos días me encontré con el Licenciado Corcuera, él no me reconoció, pero cuando yo lo vi, me levanté de mi propio vómito y le escupí en un ojo, él me golpeó hasta que se cansó y fui a parar a un hospital de la caridad, después de eso me di cuenta que había tocado fondo y que necesito de su ayuda para poder enfrentarme a mis demonios.

Después de varios meses de asistir a su grupo de autoayuda, Romualdo Gallegos volvió a las oficinas de su antiguo trabajo, al llegar a la entrada se topó con el primer cambio sustancial de la empresa, la recepcionista, era una joven de apenas unos 18 años, delgada, insulsa, por su forma de vestir Romualdo pensó que esa mujer era una sexoservidora, pues para él, una recepcionista debía estar presentable, es decir vestida de manera recatada, y no con putivestidos que se ven mejor en las mujeres a la hora de asistir a un antro.

La señorita preguntó a Romualdo en que podía ayudarlo, y él muy cortésmente le dijo que buscaba al licenciado Martínez, director del periódico, y ahí fue cuando se encontró con el segundo cambio sustancial, pues la chica le informó que ahí no laboraba ninguna persona con ese apellido, y que el director era el señor Plasencia, en ese momento Romualdo recordó al tal Plasencia, era uno de los chicos que habían trabajado con él en la sección de deportes.

Así que Romualdo pidió hablar con él, tras dos horas de espera, el señor Plasencia lo atendió- Pero si es el buen Romualdo Gallegos, que pasó maestro, que puedo hacer por ti, la verdad es que me esperaba todo menos tu visita, para serte sincero creí que ya te nos habías adelantado en el camino, pero pásale, dime, en que te puedo ayudar?-Romualdo lo miró fijamente a los ojos, y tragándose aquel insulto fingió una de sus mejores sonrisas- que tal Plasencia, pues nada, como ves ya estoy de regreso en la ciudad y quise pasar a visitar a los amigos, y que sorpresa me llevé cuando vi que Laurita ya no está en la recepción, y me dan la buena nueva de que ahora tu eres el director, que fue de Martínez?.

Plasencia se acomodó en su silla, sacó un habano de su cajón, arrancó de un mordisco el extremo superior del puro y lo encendió con un cerillo de madera, aspiró tres veces y sacó el humo, mientras, sus papilas gustativas se embriagaban del sabor a Cuba, y sus ojos de gato siamés se postraban sobre las manos curtidas de Romualdo- te gustó el cambio en la recepción? Es mi nueva Amiguita, se llama Patricia, es muy eficiente a la hora de tomar dictado, tú me entiendes, jajajajajaja, y bueno, tú sabes que actualmente la competencia entre los medios masivos de comunicación es feroz, y el periódico se tenía que renovar o morir, a Martínez le dieron la oportunidad de mejorar la infraestructura del diario, pero vivía atrapado en el pasado, mientras nosotros estábamos con una página de internet que se actualizaba con cada edición, la competencia actualizaba cada dos o tres horas, además, sacaron cuentas en feisbuc y en tuirer, y nos estaban comiendo el mandado, así que hablé con Gutiérrez, le presenté una propuesta de renovación y ahora no solo tenemos presencia en las redes sociales, sino que también tenemos tele por internet y radio, esto ha dejado de ser un periodicucho local y ahora somos todo un media center, como vez?

Romualdo vio reflejada la ambición de Plasencia en sus ojos y en cada una de las palabras que escupía entre sus dientes, pensó para sus adentros que Plasencia era un pinche mamón y arrastrado, así que respiró hondo y escogió muy bien sus palabras, pues sabía que lo que iba a hacer lo dejaría en campo abierto para las burlas y críticas de su interlocutor- no pues que bien, me da gusto saber que Gutiérrez haya valorado tu potencial, ya sabes, la ambición y sed de triunfo es algo muy valorado en estos tiempos, pero bueno, como solía decir mi abuelita, a lo que te truje Chencha, mira Plasencia, como ya te dije, acabo de regresar a la ciudad y quiero reintegrarme a la vida del periodismo, quiero volver a ser parte de esta gran familia que ahora es un gran media center como tú lo llamas y quiero saber qué posibilidad hay de que vuelva a mi antiguo puesto como reportero de deportes.

Plasencia se relamió los bigotes mentalmente, pues Romualdo nunca había sido de su agrado y en esta ocasión, él se le había puesto de a pechito, ahí, en su oficina, pero como buen director e hijo de la malinche, sabía que el desprecio se debe dosificar, sino, pierde su sabor a victoria aplastante en un instante, –mira qué casualidad, justamente tengo una vacante que se adapta a tu perfil, así que estás de suerte, vente el lunes a medio día, déjale tus papeles a Patricia, y ella te va a enseñar tu área de trabajo, porque como habrás de imaginar, se hicieron muchos cambios en las oficinas, sobre todo en la redacción, ahora cada quien tiene su propio cubículo.

Ambos colegas y rivales se despidieron, Romualdo fue religiosamente a su sesión de doble A, platicó su experiencia, pero en esta ocasión dio testimonio de que gracias a Dios y a su padrino, se armó de valor para enfrentar sus viejos temores y regresó a su antiguo trabajo, o bueno, al menos eso era lo que él creía.

El lunes al medio día se presentó en el edificio del periódico, entregó sus papeles a Patricia como le había indicado Plasencia y ella lo llevó a su cubículo, el cual estaba hasta el fondo de la redacción, era un lugar en apariencia tranquilo, pero en las noches se volvía insoportable, pues estaba justo a un lado del área de máquinas y cuando la rotativa se ponía en funcionamiento el ruido era tal, que las personas que ahí laboraban tenían que usar audífonos aislantes.

Romualdo se instaló en su lugar de trabajo, puso un discreto cartel que al pie decía únicamente por este día, en alusión al dicho de doble A que reza solo por hoy, se sentó y prendió su computadora, esperó instrucciones y mientras se reclinaba en su respaldo el interfono sonó, era Plasencia, quien lo citó en la sala de juntas. Al llegar vio que el lugar estaba lleno, reconoció a 3 personas, antiguos compañeros suyos, pero el resto, es decir, más del 80 por ciento de la plantilla era desconocida para él, Plasencia lo invitó a sentarse y comenzó su discurso.

El día de hoy voy a presentarles a una persona que colaboró en esta empresa hasta hace unos tres años aproximadamente, él es una persona que trabajó durante mucho tiempo en una sección en la cual nunca supieron valorar su esfuerzo, su trabajo, pero principalmente sus capacidades, gracias a él un alto funcionario político tuvo que dimitir de su cargo, y eso señores, nos dice que a todos nos llega el momento de gloria que nos tiene reservado el destino, desafortunadamente, por razones desconocidas se fue de la empresa y de la ciudad, sin embargo, tras varios años de ausencia, hoy ha regresado al nido que lo vio crecer, y hoy el destino le da una segunda oportunidad, porque como todos ustedes saben, en esta casa editorial, siempre tenemos los brazos abiertos para todos, y lo más importante es que en esta ocasión, no se menospreciará su trabajo, por el contrario, si hay algo que me ha caracterizado al frente de esta empresa, es que siempre he sabido darle su lugar a las personas, es por eso que me congratulo en presentarles a Romualdo Gallegos, el nuevo redactor de los obituarios de este Diario.

Después de escuchar el discurso, Romualdo sintió como se le achicopalaba el corazón, sus nuevos compañeros de trabajo se esforzaron por no hacer sorna de su nombramiento como el nuevo encargado de hacer los obituarios, pero el que no pudo contener su sonrisa de triunfo y venganza fue Plasencia, sin embargo, Romualdo buscó en su interior la paz que solo Dios y su padrino le brindaban cuando sentía que caería de nuevo en las garras del alcohol, así que se levantó de su asiento y agradeció a su nuevo jefe la deferencia que tuvo hacía con él por haberle dedicado más de un minuto de su tiempo para presentarlo con sus nuevos compañeros y especialmente por haber dicho palabras tan inspiradoras. Plasencia y los ahí presentes entendieron el sarcasmo de Romualdo y eso enojó aún más al director.

Después del acto de presentación la mayoría salió de las instalaciones y se dirigieron a buscar información, otros simplemente se fueron a sus casas a comer y Plasencia se fue a su oficina, Romualdo sabía que los obituarios no le llevarían mucho tiempo, así que decidió ir a comer con su padrino y levantó el teléfono para llamarle, pero a lo lejos escuchó una plática entre Plasencia y el señor Gutiérrez- si, si, ya lo presenté con todos los compañeros, el muy ingenuo aún no sabe que el licenciado Corcuera ahora es accionista de la empresa y lo peor es que me agradeció por haberlo aceptado de nuevo en el periódico, pero ya te contaré al rato todos los pormenores, ya me tengo que ir porque precisamente, el licenciado Corcuera quiere platicar conmigo para ver cuál va ser el destino trágico del buen Gallegos, vamos a ir a comer a su rancho, te veo al rato.

Romualdo se quedó estupefacto ante la revelación de que el Licenciado Corcuera también era su jefe, y que todo aquello formaba parte de un plan para hacerlo ver su más negra suerte, salió triste y decepcionado del edificio.

Durante el trayecto de la tarde Romualdo pensó varias veces en desistir de su recién recuperado empleo y renunciar, sin embargo su padrino le aconsejó lo contrario, y le dijo que mientras no enfrentara a sus demonios internos y externos, seguiría atormentándose con el pasado, pero principalmente con el futuro que pudo haber sido, así que por la noche se dirigió a las oficinas, sin saludar a nadie se dirigió de manera automática a su cubículo, sus pensamientos aún jugaban ajedrez en su cerebro, a tal grado que no percibió el ruido ensordecedor de la imprenta, ni el cuchicheo de sus compañeros.

Prendió la computadora, abrió el programa de texto, revisó en su correo si tenía información sobre su trabajo, revisó el escritorio en busca de alguna orden, o alguna nota sobre el o los obituarios que debía escribir, pero nada, su bandeja de entrada estaba vacía al igual que su lugar de trabajo; pero el destino es como una lata de cerveza que te explota en la cara, y Romualdo lo volvería a comprobar.

El interfono timbró de manera abrupta y Romualdo reaccionó de inmediato- si?, buenas noches señor Gutiérrez, si, no señor, no sé nada, ya revisé mi correo y no tengo información, que?, está seguro?, pero… no señor, ya sé que es un asunto muy delicado… si señor, no me estoy burlando… claro que es mi trabajo señor… es una pena… si señor… de acuerdo… espero que todo salga bien para los deudos… en un minuto se lo envió señor.

Romualdo colgó el interfono y se enfrentó al monstruo de la hoja en blanco después de 3 años, las falanges de sus dedos no le respondían, meditó un momento, respiró profundamente y puso manos a la obra LA CASA EDITORIAL GUTIÉRREZ Y ASOCIADOS, SE UNEN A LA PENA QUE EMBARGA A LAS FAMILIAS DE NUESTROS COMPAÑEROS Y ACCIONISTAS POR EL SENCIBLE FALLECIMIENTO DEL LICENCIADO MARIO CORCUERA DE LA RIVA Y DEL CONTADOR PÚBLICO ENRIQUE PLASENCIA DOMEC, ACAECIDOS EL DÍA DE AYER EN EL RANCHO DE LOS 120, ESPERAMOS QUE ENCUENTREN PAZ EN ESTOS MOMENTOS ACIAGOS.

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abril 6, 2013 - Posted by | Sin categoría

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